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Pintar una escena

  • Foto del escritor: Francisco Escolar
    Francisco Escolar
  • 30 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Pensar el 2025 como ejercicio de reflexión, como intento de establecer alguna dialéctica entre lo que pasó, nosotros y lo que se viene, implica ir más allá de una enumeración de hechos, más allá de la mera descripción de las injusticias que nos rodean. No hace falta usar conceptos difíciles para abordar la complejidad y la pureza de las cosas; papelitos de colores que vuelan todo el tiempo a nuestro alrededor tratando de tapar a la gente que duerme en la calle, a los amigos que se quedan sin laburo o a nuestros viejos, que le pusieron el cuerpo al país para que tantos otros se pudieran jubilar y hoy ese mismo país les da la espalda.


En La Efer siempre dijimos que lo primordial a la hora de hacer política es entender dónde se está parado: no hay tema sobre el que no se pueda tomar posición cuando uno tiene en claro cuales son los valores que ordenan el propio sistema de ideas. Por eso, el abordaje de la realidad en su estado puro se vuelve siempre bastante elemental: no se trata de saber de todo, ni de tener respuestas para todo, ni de estar más informados que nadie, no; se trata de saber decir qué sí y qué no, de poder identificar frente a cualquier conflicto cuáles son las motivaciones y los deseos que se esconden por detrás, para luego posicionarse siempre del lado del amor, el cuidado y la empatía.


Pensar este año, plagado de distracciones y circo, implica desandar mucho de lo recorrido para acordarnos por qué estamos discutiendo, qué es lo que nos hace a nosotros una unidad y a ellos otra e incluso, qué es lo que nos tiene a los de este lado aparentemente tan peleados.


En primer lugar es fundamental recuperar que la discusión no es de modelos económicos, ni educativos, ni de desarrollo, ni siquiera de Estado. La discusión real, la que llena de sentido y se expresa en todas las demás, es la que contrapone modelos de individuo y de sociedad: la famosa “batalla cultural”, que no es otra cosa que la disputa por la representación de las aspiraciones individuales y colectivas (qué quiero ser, en qué país quiero vivir), así como la disputa por las formas que puede adoptar esa convivencia (sobre qué valores, códigos, rituales y costumbres, vamos a construir una patria común).


Una vez entendido esto se vuelve fundamental pensar cómo se da esa discusión, qué nos exige y sobre todo, cuáles fueron las cosas que perdimos de vista, inmersos como venimos estando, en discusiones más estériles y vacías de contenido que nos llevaron a esta crisis de identidad, de proyecto, de unidad; a esta interna de las no ideas.


Predicar con el ejemplo


Surge en el último tiempo, por parte de la militancia y los distintos sectores que integran el campo nacional y popular, un reclamo por la conformación de un programa de gobierno y de país, la formulación de una hoja de ruta que le vuelva a dar sentido a la militancia. Hoy estoy convencido de que ese reclamo, por más legítimo que sea, no está bien direccionado. Sobran programas de gobierno y propuestas formuladas por los diversos actores que integran nuestro frente (algunas más serias y otras menos), pero la verdadera respuesta, la que la militancia está esperando para salir a la calle a construir un futuro mejor, no es un programa, ni un conjunto de verdades, ni una consigna. Es una escena.


Cuando arranqué a militar en secundarios tenía un referente que nos insistía siempre con que un buen militante tenía que predicar con el ejemplo: para poder hablar había que hacer, el verdadero mensaje no era nunca el que se daba con palabras. En su momento me parecía una lógica peligrosa que, mal manejada, podía tender al juicio constante sobre la conducta militante del compañero, convirtiéndose en una gran herramienta cuando se le quisiera quitar valor a una opinión (vos no podés hablar porque no viviste, no estuviste, no hiciste, etc).


Pero ahora entiendo la idea de predicar con el ejemplo como algo completamente distinto, creo que es un gran disparador para la reflexión constante (tanto colectiva como individual) sobre nuestras acciones, nuestra forma de vida y nuestra construcción.


¿Hicimos lo que siempre dijimos que había que hacer? ¿Vivimos como decimos que hay que vivir? ¿Tratamos al otro como corresponde? No para castigar ni juzgar a nadie, ni para dedicar horas al autoflagelo, sino para superarnos, para mejorar constantemente: tanto en lo que decimos como en lo que hacemos. Para construir un proyecto virtuoso, que le pruebe a la sociedad que se puede hacer algo mejor, más sano y más humano, capaz de incomodar a los que están enfrente y de llenar de esperanzas a los que están al lado.


Predicar con el ejemplo, cómo el mandato de cualquier militante o dirigente; no abandonar nunca la solidaridad ni el cuidado, sostener siempre la vocación de servicio. Creo que nuestro proyecto perdió el rumbo en este sentido, que se plagó de compañeros y compañeras que ponen siempre su ombligo por delante sacando a relucir apellidos, títulos y medallas oxidadas de hace 20 años; que de alguna manera muchos se convencieron de que la militancia es como la caridad, un rato de mi vida que destino al otro para poder dormir tranquilo.


Predicar con el ejemplo, porque como las injusticias aparecen todo el tiempo y en todos lados, la militancia debe ser constante en todo momento y todo lugar. Porque ser militante, hacer política, es una elección de vida que vale la pena; y como todo lo que vale la pena, la militancia exige sacrificios y renuncias.


Predicar con el ejemplo, porque nada motiva más que ver a un tipo como Lula Da Silva conduciendo los destinos de Brasil; o a los compañeros de los movimientos sociales organizando una gigantesca navidad para la gente en situación de calle; o a los pibes de La Efer estudiando, formándose, cuidándose y cuidando al otro en un contexto donde se premia el egoísmo.


Predicar con el ejemplo, el mandato de cualquier organización con ambición de hacer algo que sirva. Pintar una escena que ponga en jaque la realidad que la rodea; creo que al contexto actual no se lo enfrenta con declaraciones, cartas orgánicas ni programas políticos (eventualmente eso vendrá después).


Creo que al contexto se lo desafía con una escena: la de un grupo de pibes que se cuidan y que se quieren, que cuidan y quieren a los demás, que no pretenden tener todo resuelto pero sí aspiran a nunca dejar de lado el amor, aunque no esté de moda.

 
 
 

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