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Violencia digital y cyberbullying ¿Qué nos está pasando?

Renata Copertari - Frente Secundario
23 jul
3 min de lectura

Actualizado: 24 jul


A lo largo de las últimas décadas la tecnología avanzó como nunca antes, se desarrollaron herramientas digitales como inteligencias artificiales, redes sociales: X, Instagram, TikTok, que sirvieron como espacios de distracción y autodescubrimiento, espacios que nos permiten comunicarnos con otras personas, ya sea de forma privada o pública. Sin embargo, esta era digital originó nuevas problemáticas, entre ellas la violencia digital y el cyberbullying. El cyberbullying es una forma de violencia digital que sucede entre dos personas menores de edad. Esta puede darse de distintas maneras: acoso, difamación, suplantación de identidad, exclusión, entre otras.

Cada vez vemos más cómo estos casos crecen, desde situaciones que no percibimos porque las consideramos “normales” hasta casos que trascienden terrenos legales. El anonimato y la rapidez para viralizar contenido da una falsa percepción de impunidad, el no tener que enfrentar a la víctima cara a cara porque la identidad está oculta en una pantalla hace que se minimicen estas acciones y no se vean como lo que son: violencia real que tiene consecuencias físicas, emocionales y sociales.

Esto no es un hecho aislado, nos encontramos en un contexto donde las crisis sociales se acrecientan y el descontento y el hartazgo se vuelven comunes. En Argentina el Gobierno Nacional usa las redes para hostigar y amedrentar a opositores políticos, artistas e incluso a ciudadanos comunes y corrientes, marcando un clima de época donde el ejemplo para los jóvenes, las nuevas generaciones, es una violencia que va aumentando cada día.

Como muchas otras veces, las mujeres somos las más afectadas con este tipo de problemáticas. En Argentina 1 de cada 3 chicas experimenta violencia digital, esto se ve reflejado en nuestra vida cotidiana con comentarios en las redes sociales hipersexualizándonos o influencers hablando de nosotras como si fuéramos objetos.

Este tipo de casos también ocurren en nuestras escuelas. En varios secundarios de la Ciudad de Buenos Aires durante los últimos meses se crearon grupos de chicos que compartían, difundían sin consentimiento y comercializaban fotos de sus propias amigas y compañeras en ropa interior, modificadas con inteligencia artificial. Estos grupos estaban coordinados y organizados; cada uno cumplía un rol específico. Ninguna de las personas que participaban es inocente. Sin embargo, frente a estas situaciones la respuesta siempre es la misma: personas que justifican el accionar de los victimarios y juzgan a las víctimas cuestionando la ropa que usaban, las fotos que subían; autoridades ausentes que intervienen sólo cuando les conviene; falta de aplicación de protocolos y leyes que nos resguarden, de contención y prevención en las familias, de ESI  y de jornadas que concienticen sobre los peligros de estas herramientas digitales.

A pesar de la negligencia de las estructuras patriarcales, es necesario saber que existen leyes que nos resguardan frente a estas situaciones, que nos sirven para ayudarnos y protegernos entre nosotras: La ley Olimpia (Ley 27736), que incorpora la violencia digital a la Ley de Protección Integral de las Mujeres (Ley 26485), sancionada el 12 de octubre de 2023, como resultado de la lucha de la activista mexicana Olimpia Coral Melo, víctima de la difusión de imágenes íntimas. O el proyecto de la Ley Ema, que se presentó en la cámara de diputados luego de que Ema Bondaruk, una adolescente de 16 años, se quitó la vida tras la difusión no consentida de un video íntimo; teniendo como objetivo prevenir, detectar y actuar frente a la violencia digital en las escuelas y establecer protocolos de actuación para brindar herramientas a docentes, estudiantes y familias con el fin de acompañar a las víctimas.

Las redes se convirtieron en un territorio que habitamos todos los días, y la forma en que lo hacemos habla de la sociedad que construimos. Pongamos este tema en agenda, generemos debate, informémonos, veamos que detrás de la pantalla hay una persona y asumamos la responsabilidad colectiva de proteger al otro, porque ninguna forma de violencia puede ser naturalizada.


 
 
 

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