ADIÓS AL DIEZ
- Isabela Kaplan

- hace 5 horas
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Aunque hace varias semanas el cielo está gris, hoy es un día más oscuro.
Para quienes crecimos en los 2000, fuimos espectadores de la extraordinariedad como un acto cotidiano, presenciamos la espectacularidad de un chico de Rosario que, a pesar de su pequeña estatura, supo hacerse enorme con la pelota en los pies.
Parece imposible para esta generación imaginarnos una vida sin el 10 en la cancha, como probablemente lo fue para nuestros padres decirle adiós a Diego. Parece imposible imaginarnos a una Argentina con el mayor deportista de la historia afuera de la cancha, pero él nos venía advirtiendo hacía mucho tiempo que este podía ser el último tango. Y qué cierre le dio a esta historia hermosa.
Parecía imposible ver caer a Argentina. Nos había acostumbrado a la épica de lo invencible, a la certeza de que, mientras él llevara la cinta, siempre iba a haber una oportunidad más. Nos hizo creer que el talento infinito, combinado con el esfuerzo, podía torcer cualquier destino.
Pero su victoria más grande no está en las vitrinas. Generó que 47 millones de personas sientan orgullo de ser argentinos. En tiempos donde la realidad a veces aprieta y divide, él fue nuestro punto de encuentro. Nos unió en un abrazo colectivo, nos hizo salir a la calle a festejar ser quienes somos, sin distinciones.
No se retira solo un jugador; se cierra una etapa de nuestras vidas. Se va el tipo que cruzó tantos desiertos y esquivó todos los atajos; el que nos mostró tantas batallas que pintaron sus heridas frente al mundo entero. Nos enseñó que, aunque la frustración te golpee y cada tanto sientas que morís un poco por dentro, la clave es ir siempre detrás de lo que uno siente. Juntando heridas, él siguió creyendo en nosotros, y nosotros en él.
Hoy nos toca transitar la angustia de saber que no lo vamos a ver más con la celeste y blanca, pero nos queda la tranquilidad de haber sido contemporáneos del mito. El cielo hoy está oscuro, es cierto, pero nos dejó estrellas suficientes para iluminarnos toda la vida. Y aunque entendemos que los días se nos van, es imposible no sentir que, por otra noche viéndolo jugar, daríamos la vida.
Gracias para siempre, Lionel. Por este brindis para vos.



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