Sobre el ser argentino

Hoy es uno de esos días grises que lamentablemente nuestro país acostumbra, esporádicamente, atravesar. Este duelo que nos embarga está más constituido por la tristeza que por la vergüenza, más relacionado a la añoranza que al martirio. Es, sin lugar a duda, un sentimiento que nace por el saber que el fútbol no trata de reparaciones ni de justicias, sino que simplemente a veces los planetas se alinean para que la camiseta color de cielo le gane a la color de sangre. Ayer posiblemente vimos la última cita en el escenario más mundial de todos por parte del mejor jugador de todos los tiempos; con un desenlace similar al que el otro mejor de la historia ya había atravesado. Al fin y al cabo, las espinas pinchan igual en todas las coronas. Estas semanas de suspensión en las que hemos flotado mucho más que 47 millones de personas son el recordatorio de que la pelota que nos enamora empieza y termina su partido mucho más allá del pasto de una cancha, y que el deporte de la caballerosidad y fair play está mucho más emparentado al deber ser que a la realidad efectiva; una pantomima del poder para el poder mismo. Tal vez este sea nuestro Vía Crucis, y solo nos aguarde la resurrección.
El análisis deportivo, al que todos nosotros y nosotras somos asiduos, es una nota al pie: sin duda el actual campeón del mundo es, futbolísticamente, justo ganador. Pero, y que se entienda, hoy el mundo es un lugar más injusto. Las redes sociales cada vez logran desangrar -y no derramar- más miseria a las calles; Argentina ha sido foco de una de las operaciones mediáticas más cruentas de toda la historia moderna, en donde el colonizador le dice al colonizado lo injusto de su reclamo, donde el 4ta generación yanqui le dice al 1ra generación argentina que su existencia no es tal, donde el de origen marroquí le entrega su mayor logro al Rey de España, donde el inglés le dice al indio y al bengalí que su fervor no tiene razón de ser. Atravesamos una operación mediática que no contaba con la grandeza de un pueblo y su selección, con una bandera de contrabando que puso las Malvinas en boca de todos, como no pasaba desde el malvinizador gol de todos los tiempos ni la mano de Dios. Lamentablemente hoy el mundo (el viejo) le dice al Sur Global que hay reglas y formas que deben cumplirse, así como en otros tiempos hubo esposas y grilletes que debían ajustarse.
La épica forzada es un error de los precoces, porque siempre la justicia se cocina a fuego lento. No se puede vivir con vergüenza en una Patria de vanguardia ni, como ya se ha dicho, se le puede tener lástima a nadie. Argentina es un país inmerso en un mundo racista, un país donde el mayor de los clasismos parasitó un pensamiento racial desgarrando de él sus conceptos para generalizárselos al pueblo trabajador; pero también es un lugar, único en el mundo, donde la inmigración es cláusula pétrea, donde se busca, tal y como reza nuestra constitución, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres y mujeres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino. No hay que subirse a la oleada discriminadora de quienes ven un centro a cabecear en detrimento de las mayorías populares o de los descamisados de la actualidad; nunca un compatriota, haya nacido o no en estas tierras, debe ser el foco de nuestro odio. Ni el pueblo brasilero, ni el guaraní, ni el senegalés, ni el español, e incluso el inglés, son nuestros verdaderos enemigos. Nuestros enemigos usan corona, disparan misiles y cometen genocidios en pasado, presente y futuro.
Gracias eternas a una selección que nos recuerda día a día el orgullo de tener un país unido, la grandeza de una añorada movilidad social ascendente, el honor de pertenecer al país más justo del mundo. Gracias eternas a nuestro capitán, al que el paso del tiempo no afecta, al que sigue jugando como aquel nene que entró a hacer jueguitos a una cancha en Rosario allá por el ’93.
Buenos Aires se pone a la frente, de los pueblos de la ínclita Unión; y con brazos robustos desgarran al ibérico altivo León. Ved en trono a la noble Igualdad: se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación.



Comentarios