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No hay lugar para nosotras

  • Foto del escritor: Candela Diambri
    Candela Diambri
  • hace 2 días
  • 4 min de lectura

Bronca, angustia, impotencia. Las preguntas se me agolpan en la cabeza: Otra vez, ¿Por qué otra vez? ¿Cuántas veces más?; y yo, ¿Qué hago? ¿Me puedo cuidar más? ¿Puedo cuidar a otras? Es una ilusión pensar que podemos evitar correr la misma suerte que tantas otras mujeres si tomamos más recaudos. Es como si nos tapáramos los ojos con las manos, y gritásemos fuerte que “a mi no me va a pasar; yo no voy a lugares peligrosos, no conozco hombres malos, cuido cómo me visto y en la calle nunca miro a un hombre más de dos veces, si me gritan no contesto, camino más rápido; a mi no me va a pasar, yo me cuido”.


Entre el 1 de enero y el 30 de abril de este año, hubo 80 femicidios y 3 transfemicidios.

Según el Observatorio Ahora Que Sí Nos Ven, eso representa un femicidio cada 36 horas. No son hechos aislados, son un carácter estructural de la Argentina que habitamos; son presencia constante, aplastante, sobre la cotidianeidad de cada uno de nuestros días. Tampoco son cometidos por locos sueltos, malvados, enfermos, que viven en cuevas y salen a la luz del día para cometer atrocidades. Son hombres que viven una vida común y corriente, que trabajan, estudian, salen a tomar una birra con los amigos, tienen citas y domingos en familia.


Sin embargo, parece que preferimos vivir bajo una ilusión, que nos susurra al oído (o nos lo grita en un programa de televisión, en un diario o un posteo de twitter) que un femicidio no le pasa a cualquiera, que seguramente ella había salido de noche sola, que no la cuidaba la familia, que vendía sus fotos online, que tenía una relación tóxica, o alguna otra justificación estrambótica para intentar sostenernos en una demencia que nos permite no admitir nuestra responsabilidad sobre su muerte.


Agostina Vega tenía 14 años. Su victimario ya había sido denunciado en 2025 por privación ilegítima de la libertad, luego de que haya salido corriendo de una casa particular una mujer semidesnuda con las manos atadas (el mismo domicilio vinculado con el femicidio de Agostina), tras haber sido retenida a punta de pistola. Sin embargo, Claudio Barrelier no fue detenido. Ni siquiera fue allanado en tiempo y forma luego de la denuncia por la desaparición de Agostina y la constatación de que la última vez que se la había visto, fue entrando a la casa de Barrelier.


Ex post, tenemos en televisión nacional a Raúl Garzón, fiscal de la causa: el mismo que no caratuló la causa como femicidio, que se tomó muchísimos días para allanar la casa del acusado; afirma que no realiza autocrítica alguna sobre su accionar y que deberíamos estar entregando medallas de honor a los perros que la encontraron descuartizada en un descampado de la periferia de la ciudad de Córdoba.


No sólo asumimos que no había nada que hacer para evitarlo, sino que tampoco nos movilizamos demasiado una vez que sucede. Parece que desde hace unos años “hay cosas más importantes” para discutir en la Argentina, como la deuda externa, el equilibrio fiscal, o simplemente los audios virales del presidente y las propiedades de su ex-vocero.


Otra vez, y desde hace mucho, no hay lugar para nosotras.


Los femicidios siguen sucediendo, y en vez de avanzar en la discusión sobre prevención para las víctimas y responsabilización de los victimarios, en el Congreso de la Nación se está presentando un proyecto de ley que quiere endurecer las condenas a las “falsas denuncias”, particularmente para casos en los que se denuncie: violencia de género, abuso sexual, acoso sexual y violencia contra niños, niñas y adolescentes. De esta forma, y sin pensarlo dos veces, nuestros representantes promueven la institucionalización del descreimiento en las mujeres.

Como si fuera poco, desde el 2023 las políticas de género son desfinanciadas brutalmente: la línea 144 fue transformada en un servicio genérico que atiende a “cualquier persona en situación de violencia”, lo cual tuvo por resultado, según Amnistía Internacional, una disminución del 47,6% en las intervenciones entre 2024 y 2025; el programa Acompañar (que prestaba ayuda económica a mujeres en situación de violencia) experimentó una reducción del 82% de su presupuesto entre 2023 y 2024; y, a pesar de que sólo en 2025 144 niños, niñas y adolescentes perdieron a su madre por femicidios, el Estado Nacional redujo el alcance de la Reparación Económica para Niños, niñas y adolescentes.1


Dejemos de naturalizar el abandono institucional, dejemos de quedarnos callados pensando “ya mejorará”, y tomemos parte activa de la lucha contra esta y todas las formas de violencia contra disidencias. Este 3 de junio conmemoramos otro aniversario del movimiento Ni Una Menos, que amparó a tantas de nosotras en esta angustia que nos atraviesa todos los días y en la lucha que, a veces, parece imposible de dar. Este miércoles, por Agostina y por cada una de las mujeres asesinadas o violentadas, nos vemos en la plaza.


 
 
 

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