NI RESIGNADOS, NI VENCIDOS
- Micaela Vivas

- hace 1 día
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RESISTIMOS EN LOS 90S
En el 2001 se produjo uno de los estallidos sociales más grandes de la historia argentina. Pero no ocurrió de la nada: fue la consecuencia de un proyecto económico, político y social iniciado durante la última dictadura militar de 1976. Aquel gobierno de facto, que decía venir a “bajar la inflación y poner orden”, impulsó un modelo de país basado en una menor intervención del Estado, la apertura económica y la flexibilización laboral. El negocio dejó de estar en la producción nacional para centrarse en la especulación financiera. La deuda externa creció enormemente, pasando de unos pocos miles de millones a cerca de 45.000 millones de dólares, mientras se destruía gran parte de la industria argentina y se instalaba el miedo en la sociedad.
Estas políticas neoliberales fueron profundizadas durante la presidencia de Carlos Menem. Con Domingo Cavallo como ministro de Economía, se impulsó la Ley de Convertibilidad y avanzaron las privatizaciones de las empresas estatales. El país se endeudó aún más, el desempleo se disparó, pasando de niveles del 8% a un pico histórico cercano al 19%, y crecieron la precarización laboral y la pobreza. Mientras unos pocos concentraban la riqueza, el pueblo veía cómo aumentaban la exclusión, el hambre y la desigualdad.
El modelo terminó estallando en diciembre de 2001. Después de años de ajuste, endeudamiento, desindustrialización y pérdida de derechos, las consecuencias sociales se hicieron imposibles de sostener. Los gobiernos que habían prometido “orden”, estabilidad y soluciones para la crisis, terminaron profundizando la pobreza y el hambre. Discursos y recetas económicas que todavía hoy resuenan en la política argentina demostraban nuevamente que, cuando el ajuste cae sobre el pueblo trabajador, las consecuencias trágicas tarde o temprano llegan.
La represión estatal de aquellas jornadas dejó un saldo de 39 muertos en todo el país. Cayó el gobierno de Fernando de la Rúa y la consigna que sonaba en las calles era clara: “que se vayan todos”. En apenas un año y cinco meses, La Argentina tuvo cinco presidentes, declaró el default y abandonó la convertibilidad. Tras esto, la inflación de 2002 superó el 40% y la pobreza se disparó hasta alcanzar a más de la mitad de la población.
El pueblo, al que siempre se le exige más y más, ya cargaba sobre sus hombros una larga historia de traiciones y entregas. No solo le habían arrebatado su trabajo y sus ahorros de años, sino también la esperanza de vivir en una Argentina para todos, una Patria verdaderamente colectiva. El lazo social que debía ser inquebrantable y la confianza en el Estado se habían roto por completo. Así, miles de personas crecieron con la idea de que la política no servía para nada, dejando paso a un nuevo y desolador panorama dominado por el individualismo y la antipolítica.
VENGO A PROPONERLES UN SUEÑO…
Pero allí, en ese contexto, desde Río Gallegos y con apenas el 22% de los votos, el 25 de mayo de 2003 asumió la presidencia Néstor Kirchner. Fue en ese instante que, Néstor llegó para juntar los pedazos rotos. No solo los de un país destruido, sino también los de un pueblo atropellado tras décadas de frustración, corrupción y promesas incumplidas. Asumió con una certeza absoluta: no estaba dispuesto a dejar sus convicciones en la puerta de entrada de la Casa Rosada. Tenía la profunda convicción de que había sido elegido para trabajar para la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación.
Sin embargo, como bien sabemos, ninguna transformación real surge desde la soledad. Néstor necesitó de aquellos que, al igual que él, seguían creyendo en la política como una herramienta de transformación; de quienes no estaban dispuestos a aceptar una realidad donde la Patria era rematada y convertida en el patio trasero de las grandes potencias extranjeras. Junto a la militancia, y con gestión, Néstor volvió a convencer a miles de argentinos de que el pueblo organizado tiene una infinita fuerza como motor histórico de transformación.
Él no asumió prometiendo una falsa neutralidad ni mostrándose ajeno al sufrimiento popular. Por el contrario, llegó a la presidencia como un militante más, asumiendo el enorme coraje de ponerse al frente del país en un momento de oscuridad, cuando las papas quemaban y el Estado parecía deteriorarse. Ese 25 de mayo marcó un quiebre definitivo entre el pasado que tanto mal le había hecho al país y los ejes de un nuevo proyecto que le daría un rumbo distinto al futuro.
Aquella jornada dejó algo en evidencia: la crisis argentina no era solamente económica. Era, antes que nada, una crisis política. Porque el hambre, el desempleo, la pobreza y la exclusión no habían sido una casualidad, sino la consecuencia directa de un modelo pensado para el beneficio de los grupos económicos más concentrados, a costa del sufrimiento del pueblo trabajador. A partir de ahí se dejó en claro que la presencia o la ausencia del Estado constituye toda una actitud política.
Como primera declaración de cambio, Néstor entendió que el único capaz de reparar las desigualdades sociales de raíz es el Estado, poniendo igualdad allí donde el mercado excluye y abandona. Devolverle la esperanza al pueblo trabajador requería volver a instalar la movilidad social ascendente, esto se lograría promoviendo políticas de inclusión, garantizando el acceso a la educación, la salud y la vivienda, y asegurando la mejor y más justa distribución del ingreso.
En relación al infierno financiero y la condena a futuro que arrastraba el país luego de haber contraído una deuda gigantesca, Néstor fijó una postura inclaudicable: no se podía volver a pagar la deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos, invirtió la lógica y sentenció que solo si nos iba bien tendríamos capacidad de pago.
Frente a la infinidad de hechos de corrupción que había vivido el país, era necesario marcar un límite moral. Estableció que la gobernabilidad no podía ser nunca más sinónimo de impunidad, de acuerdos oscuros o de pactos a espaldas de la sociedad, la seguridad jurídica debía ser para todos, y no solamente para aquellos que tuvieran poder o dinero.
Por último, la educación -una deuda eterna con los argentinos- volvería a estar en el centro, porque él comprendió que aquella es la base más importante para construir la identidad nacional de cualquier país que quiera progreso para su pueblo, y que ese sueño no sería posible sin garantizar una verdadera igualdad educativa.
SU LEGADO
Hoy, a 23 años de aquel 25 de mayo, resulta imposible no pensar en la realidad en la que vivimos. Salvando las distancias, el panorama duele porque atravesamos una época donde nos quieren imponer la mezquindad, la crueldad y el egoísmo, en sintonía con el avance de la ultraderecha en todo el mundo. Es justamente ahora cuando volver a pensar en Néstor deja de ser un ejercicio de nostalgia y pasa a ser una urgencia política.
Como abogaba en cada discurso, y al igual que en aquel entonces, debemos estar a la altura del momento histórico que nos toca vivir. Tenemos la tarea como militantes, pero también como ciudadanos de comprometernos, de formarnos, de predicar con el ejemplo, sobre todas aquellas consignas que nos enamoraron de este proyecto, readaptarlas y llenar de sentido nuestros discursos.
Debemos apoyarnos en nuestra historia para discutir este presente, disputar desde lo cotidiano con nuestra familia, amigos, vecinos, compañeros, apelar a que si bien pueden variar los enfoques, la unidad de propósitos es la misma, todos queremos lo mejor para nuestra patria. Porque al final no da todo lo mismo; no da igual la indiferencia. No caigamos en la resignación, si hay algo que la historia demuestra es que nada es definitivo.
Frente a este mundo avaro elijamos organizarnos, seguir creyendo en que la política es la única herramienta que tenemos para construir el futuro que queremos, una Argentina con todos y para todos.



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