LA TAREA SIGUE
- Ciro Celia
- hace 18 horas
- 4 Min. de lectura
El 10 de marzo de 2019 hubo un punto de inflexión en la política de la Ciudad de Buenos Aires: surgió La Efervescente. Claro, no tenía ese nombre, ni siquiera tenía límites geográficos u orgánicos, pero tenía, única y especialmente, aquello que haría de la agrupación un diferencial: pasión por la política. En vísperas del fin del gobierno fallido de Mauricio Macri, y sin certezas aún de cuál sería la fórmula victoriosa en aquel año electoral, un pequeñísimo grupo de adolescentes de 15 o 16 años, hijos de los gobiernos kirchneristas, haría uso de su irreverencia para lanzarse colectivamente al terreno de las organizaciones políticas; ya no como reproductores de discursos o dinámicas, como “bases” de referentes vetustos -incluso en su juventud-, sino, bien, como alternativa real y generacional ante un sistema político que ya venía mostrando sus cuantiosas grietas. Que no se malinterprete: La Efervescente es un espacio político que surge no desde la soberbia, sino como respuesta a la resignación; es un fenómeno tan genuino como disruptivo en una escena política que, puertas para dentro del Movimiento Nacional y Popular, había dejado ya hacía tiempo de formar nuevos espacios, aún más en nuestra Ciudad. Aparece como contraparte de la ausencia de una herramienta capaz de contener, formar y proyectar a una nueva camada de militantes que no se resignara ni al cinismo ni a la nostalgia.
Este grupo de jóvenes al que hacía mención, haciendo pie en sus distintas escuelas secundarias, identificó en su generación una prepotencia transformadora que no encontraba cauce orgánico sino que se inmiscuía en grandes reclamos movimentistas, tan importantes como coyunturales. ¿Significa esto último que el simple hecho de proponerse como alternativa te convierte en una? Claro que no, pero la intención de serlo abre las puertas a que otros escuchen tu llamado. Es así como, luego de vencer al macrismo e iniciar el primer año calendario de militancia -el 2020-, nos encontramos, todos y todas, con la ya histórica pandemia. Cualquiera podría pensar que esto provocaría el fin de una aventura adolescente más intuitiva que estratégica, pero, sin embargo, fue en la irrupción de la anormalidad donde se erigieron los cimientos de una agrupación que tenía y tiene mucho para dar. Con reuniones y formaciones virtuales entre chicos y chicas, al calor del aislamiento y con la única certeza de que el otro existe por una conjunción de píxeles e ideas, es que compañeros y compañeras de más escuelas de la Ciudad y, ahora, del país, se irían uniendo a un espacio dispuesto a dejar marca. Escuelas públicas y privadas, bachilleres y preuniversitarios, técnicas y artísticas, porteñas y del interior: todas fueron pequeñas sedes de algo más grande.
La Efervescente apareció primero como intuición y luego como construcción: una herramienta para contener, formar y organizar a quienes querían seguir siendo parte de un proyecto nacional, pero buscaban hacerlo con una metodología distinta, más abierta, más comunitaria y más anclada en la realidad concreta. Se volvió, por su propia realidad, una organización estudiantil destinada a torcer los destinos educativos de su territorio. La agrupación se pensó como un proyecto militante de carácter generacional, inscripto en la tradición del justicialismo, pero con una búsqueda propia: formar una nueva camada de militantes capaz de estudiar, trabajar, organizar y disputar sentido en los territorios concretos donde le toca actuar. Esta misma vocación aparece con claridad en el ideario que primero sería debate y luego realidad efectiva: la Efervescente retoma las tres banderas históricas del peronismo -Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social-, pero les suma una serie de principios de acción que ordenan su práctica cotidiana: formar una generación al servicio del proyecto y de la Patria, volver a llevar la discusión al campo de las ideas, entender la coyuntura sin renunciar a los valores, militar el metro cuadrado y construir comunidad con quien se tiene al lado.
Solemos decir los más grandes de la organización que todo nuestro camino es un viaje al vacío, donde no sabemos qué hay a un metro de distancia. Al crecer junto a sus militantes, este músculo que es nuestra agrupación se vio obligado a estirarse para contener a compañeros que, ya egresados de “La Efer Secus”, iniciarían su camino en la ahora inexistente “Efer Jóvenes”, que luego encontraría la razón de su vida en la militancia universitaria. Con compañeros cada vez más chicos en relación a los que están desde el comienzo, con compañeros de recorridos de vida cada vez más disímiles, con dispositivos cada vez más impensados, La Efervescente halló en la recuperación de la Ciudad de Buenos Aires un objetivo político tan posible como disruptivo y necesario. Nadie tiene la verdad revelada, pero, sin duda, tenemos con qué disputarla.
El tiempo pasa y ese mismo grupo de pibes que tuvo su primera reunión de prestado en una Unidad Básica de Almagro, que atravesó meses juntándose en el local de Alberdi, que volvió de la pandemia haciendo base en Humahuaca y que hoy, luego de un tiempo más estando de garrón, tiene las llaves de Diaz Velez y Guardia Vieja, tiene la edad suficiente para comenzar segundo grado (al menos en la Capital Federal). Ese grupo de pibes que tuvo no la soberbia, sino la autoestima militante de irse al fin del mundo a organizarse con centros de estudiantes secundarios de todo el país, hoy tiene compañeros que duplican en edad a los más pequeños. Ese grupo de pibes que tuvo, tiempo después, la cintura de hacer que una universidad privada meta más de 200 personas en una movilización por la universidad pública, hoy encara sus segundas elecciones en la UBA con la intención de seguir tiñendo de pueblo y comunidad sus facultades. Ese grupo de pibes que ya no es la agrupación escolar de turno, ni el incipiente armado estudiantil en alguna facultad, hoy se encuentra organizándose territorialmente con la convicción de que no hay proyecto posible con gente que lee, pero no revuelve una olla ni siente un dolor genuino -y no solo un cálculo político- al ver personas durmiendo en la calle.
Ese grupo de pibes y pibas hoy cumple 7 años y, quién te dice, querido lector, si ni siquiera hemos llegado a la mitad.



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